Me levanto a las doce y media del día, con una cara de “puta madre”, y aroma de cerveza, de besos, de mujeres de la noche anterior. Trato de levantar mi torcido cuerpo, mi boca sabe a calcetín de pordiosero, me pongo de pie con la misma velocidad de una iguana caminando, me veo en el espejo, y veo cabellos levantados, rebeldes, que se quieren separar de mi cabeza, pero no hay suficiente fuerza para que escapen.
Me paso al refrigerador, me siento en el suelo y abro el refri, saco mi concentrado y químico jugo de frutas, y veo mi rostro reflejado en el televisor apagado. Esa imagen me retumbo constantemente en esos minutos, descubrí el significado de patético, ver mi cara hinchada con el cabello de cepillo de dientes usado para lavar el retrete, reflejada en ese televisor, fue un llamado para la conciencia, para dejar de tomar…tanto. Después de todo, estamos en Holanda, la tierra de lo permisible, estamos solos, podemos descubrir la frontera del regaño de los padres, podemos pasarnos de sus reglas, sin que ellos lo sepan, o a lo mejor si lo saben, pero no les incomoda, porque saben que estas acompañado, acompañado de jóvenes ilusionados de ver su cara hinchada frente al televisor.